Ocho tesis sobre la inmigración

08.01.2014 17:44

(Publicado originalmente en Razón Española, nº 135, 2006)

1. La inmigración no es un bien en sí.

 

En el discurso público español se ha extendido, hasta hacerse casi incontestable, la idea de que la inmigración es algo positivo. Todas las virtudes se le atribuyen: genera riqueza, ensancha la cultura mediante el contacto con gentes de otras tierras, eleva la sociedad a través del mestizaje… Se diría que la inmigración es un bien en sí misma. Pero las violencias desatadas sucesivamente en varias ciudades europeas, así como los estragos causados por la crisis económica en los últimos años, demuestran lo absurdo de este prejuicio. La inmigración no es, en sí, ni un bien ni un mal, en la medida en que estos conceptos proyectan un juicio de valor moral. La inmigración es un fenómeno de carácter económico y geográfico. Por sí solo, carece de significación moral; será positivo o negativo según sus consecuencias. Puede ser positivo si una sociedad se hace globalmente mejor gracias a ella. Pero, en origen, no puede considerarse “bueno” en modo alguno, porque nadie podrá considerar “bueno” que millones de personas se vean obligadas a abandonar su hogar por falta de expectativas. Y al contrario, la inmigración puede ser un fenómeno fuertemente negativo si, al cabo de pocas generaciones, se convierte en un factor de conflicto social por causa de minorías inasimilables. Hay que deshacer ese interesado equívoco que consiste en atribuir valores morales a un fenómeno socioeconómico. La inmigración no es un bien en sí. ¿Acaso no podría hablarse de un derecho a no emigrar? Y la inmigración, mal gestionada, puede desplegar efectos negativos en las sociedades de acogida.

 

2. La acogida de inmigrantes implica obligaciones a largo plazo.

 

Cuando una sociedad opta por suplir sus carencias de mano de obra con ciudadanos venidos de otros países, tiene que ser consciente de que contrae obligaciones que van mucho más allá de lo económico. No basta con garantizar los derechos socioeconómicos elementales a una generación de trabajadores. La experiencia demuestra que el retorno de los inmigrantes a su lugar de origen es un hecho poco frecuente: la causa de la inmigración es el desorden económico crónico en determinadas zonas del planeta, y precisamente ese carácter crónico hace difícil que el emigrante retorne voluntariamente a un país sumido en la misma situación que le hizo salir de allí. Lo más común es que el emigrante intente asentarse en su lugar de destino, fundar una familia e incluso traer consigo a sus allegados. Todo eso crea obligaciones importantes a la sociedad de acogida. Hay que pensar también en las generaciones siguientes, en los hijos y nietos de esta primera generación inmigrante. Lo cual requiere del Estado cálculos complejos que han de incorporar variables sociales y culturales, no sólo el beneficio para el Mercado. Ningún Estado debería acoger a más residentes de los que es físicamente capaz de sostener en su sistema laboral, en su sistema de enseñanza, en su sistema sanitario. La restricción podrá juzgarse poco solidaria, pero ¿es más solidario condenar a una generación de hijos de inmigrantes al paro, al analfabetismo funcional, a la delincuencia? Por otra parte, la responsabilidad del Estado no se dirige a los seres humanos en su conjunto, sino, en primer lugar, a los propios conciudadanos. Son ellos los que, al cabo, sufren las consecuencias de una generación de inmigrantes poco o nulamente integrada, como sucede hoy en buena parte de Europa. Es cuestión de responsabilidad.

 

3. Integrar es transformar.

 

La integración de los inmigrantes es el imperativo bajo el que nuestras sociedades actúan a la hora de gestionar la afluencia de población alógena. Esta política de integración despliega distintos mecanismos de protección y apoyo cuya orientación general podría resumirse con una fórmula simple: “que se sientan como en casa”. Lo cual pasa por arbitrar medidas (asistencia sanitaria, cobertura laboral, etc.) que rápidamente se convierten en derechos individuales. Y es justo que así sea, pues los derechos serán tanto más eficaces cuanto más sean vistos bajo el signo de la equidad. Ahora bien, nadie obtiene derechos a cambio de nada. Los derechos son contrapartida de deberes civiles: pagar impuestos, respetar la ley, etc. Y la asunción personal de esos deberes, su interiorización, es básica para que todos los grupos sociales se reconozcan en el mantenimiento de la sociedad, para que todos se sientan parte de un mismo proyecto de convivencia. De manera que toda integración, para ser efectiva, debe atender primeramente a la transformación del que llega, debe lograr que el nuevo ciudadano ponga en un lugar secundario sus leyes de origen y acepte como insoslayables las nuevas obligaciones. Esta operación puede implicar que el Estado, la sociedad, impongan al inmigrante renuncias en el plano de la cultura cotidiana, de las formas de vida. Pero en eso consiste la transformación. Y si no se quiere imponer tales renuncias, si no se desea ejercer sobre el inmigrante la coacción inherente a todo orden legal, entonces habrá que pensar formas de convivencia distintas a la integración; formas en las que el inmigrante pueda mantener sus costumbres, sus usos, quizás incluso sus leyes, en el marco de un orden social que puede tolerar su existencia (siempre y cuando no amenace el orden colectivo), pero del que, en consecuencia, no podrá formar parte como ciudadano de pleno derecho. Hace pocos años nadie se atrevía a plantear las cosas así; hoy, por el contrario, es ya una urgencia.

 

4. El Mercado no lo es todo.

 

El fenómeno de la inmigración, en la Europa contemporánea, tiene un origen enteramente económico: se trata de masas humanas que han llegado atraídas por la promesa de la prosperidad y que nuestros países, a su vez, han acogido gustosamente porque el inmigrante representa una mano de obra poco exigente. Es, pues, el Mercado el que ha alentado la inmigración, y él es quien ha obtenido los rendimientos directos de este proceso. Ahora bien, en una sociedad hay cosas más importantes que el beneficio económico y que el funcionamiento del sistema de producción. Nadie discutirá que vivir en una sociedad rica es mucho más agradable que hacerlo en otra pobre, pero tampoco nadie discutirá que no es sensato ser rico a toda costa y a cualquier precio, convertir la riqueza en horizonte único de la vida colectiva. La supervivencia de la propia sociedad debe ser un límite a las pretensiones del Mercado. Una sociedad –toda sociedad- se apoya en equilibrios delicados que exigen un cierto grado de acuerdo sobre principios, valores, lo cual sólo es posible si existe un grado de correspondiente de homogeneidad, al menos en el plano cultural. Ese es el verdadero contenido de la expresión “cohesión social”: una sociedad está cohesionada cuando se ve a sí misma como una globalidad unida por ciertas cosas comunes. Y si las necesidades del Mercado ponen en riesgo la cohesión social –es decir, ese acuerdo básico sobre unos principios comunes-, entonces habrá que subordinar el Mercado a consideraciones de orden superior.

 

5. El orden es un presupuesto de la justicia.

 

No es posible hablar de justicia social allá donde no existe un elemental orden público. Si el orden es injusto, puede aspirarse a un trastorno que lo sustituya por otro, pero la ausencia permanente de orden nunca es compatible con la justicia. Las primeras víctimas de la alteración del orden público son siempre los más débiles; por eso el orden es un imperativo social, incluso más que político. Y si los responsables del orden desertan de sus obligaciones sociales, entonces la injusticia se enquista. Los disturbios que hoy se han hecho ya habituales en nuestras ciudades son la culminación de un proceso de deterioro de la legalidad atestiguado desde hace décadas. La ley lleva años inhibiendo su rigor en ciertas zonas suburbanas: primero, la policía se abstuvo para no contravenir dogmas “políticamente correctos”; después, porque la desidia terminó haciendo esos barrios simplemente ingobernables. Al calor de ese desorden tolerado por el Estado han crecido guetos, mafias, tribus urbanas que han desplegado un clima perenne de preguerra civil. Los enfrentamientos entre musulmanes y judíos han sido noticia cotidiana, como las agresiones “anti-blancas” por parte de grupos de musulmanes y africanos; con frecuencia estas agresiones terminan provocando llamamientos públicos de diversas personalidades. Estas cosas son “noticia cotidiana” o, más exactamente, han sido noticia cotidianamente ocultada, porque los medios de comunicación se han impuesto una férrea autocensura de carácter ideológico. Desde hace años, nuestros medios de comunicación (en esto los pioneros fueron los franceses), cuando informan sobre un delito cometido por algún individuo perteneciente a una minoría étnica, no hablan de “un magrebí” o de “un senegalés”, sino de “un joven”; hasta el punto de que el ciudadano entiende perfectamente quiénes son los “jóvenes”, dado que los blancos, por lo general, son citados sin ocultar su filiación. Así se ha alimentado un proceso semejante a un circuito cerrado: la policía abandona los barrios marginales, en éstos crece la violencia, los medios la camuflan “para no provocar racismo”, de modo que el problema se cierra sobre sí mismo. El resultado ha sido un estado de permanente desorden. Pero, al final, tolerar el desorden equivale a estimular la violencia y la injusticia. No cabe justicia (social) si no hay un orden (justo) que la garantice.

 

6. Es preciso contener al Islam en Europa.

 

Aunque la agitación no es producto directo de la fe en el Islam, es innegable que el radicalismo islámico está jugando un papel importante no sólo en episodios bien conocidos como los de París, sino también en las violencias que, en distinto grado, vienen produciéndose en la periferia de otras muchas ciudades desde hace años. Los temas del fundamentalismo islámico parecen haberse convertido en banderín de enganche para una segunda (incluso tercera) generación de inmigrantes, de origen magrebí o subsahariano, desarraigados, que a través del Islam canalizan su agresividad. El hecho de que ese islamismo sea un pretexto político o social, más que una convicción propiamente religiosa, no altera el fondo del problema; más aún cuando las propias organizaciones cercanas al islamismo radical en Europa, como el MRAP (paradójicamente, “Movimiento contra el Racismo y por la Amistad entre los Pueblos”), suben a la misma ola. Es una evidencia que la religión islámica se ha convertido en un agente de desestabilización: ya sea a través de la persecución religiosa, como en Indonesia o Pakistán; ya sea a través del terrorismo, como en los atentados de Nueva York, Madrid o Londres; ya sea a través de la agitación social, como en el caso de París o Amberes. El Islam y su entorno se están manifestando como una fuente directa de peligro para la paz. Por bien intencionados que sean algunos de sus líderes oficiales, la agitación fundamentalista corre como pólvora entre los musulmanes. Sería suicida no tomar medidas severas de control para contener un fenómeno que el propio Islam “formal” reprueba. Tales medidas de control no pueden limitarse a un repertorio de tipo policial, sino que también deben ahondar en las razones que vienen haciendo al Islam incompatible con la vida en las sociedades occidentales. El modelo de integración multicultural ha fracasado en Holanda, como recientemente constataba Paul Scheffer; el modelo “republicano” ha fracasado en Francia, como hemos podido constatar todos. En ambos casos, la causa del fracaso es la irreductibilidad del fundamentalismo religioso-político de cuño musulmán. Parece obvio que ese fundamentalismo debe ser combatido y, cuando menos, neutralizado.

 

7. Cosmópolis no es viable.

 

Durante el último medio siglo, nuestras sociedades occidentales se han construido bajo el modelo teórico de una Cosmópolis de cuño universalista, inspirada por los valores –modernos- del individualismo y el igualitarismo abstractos. Han (hemos) tratado de hacer realidad el viejo sueño moderno del cosmopolitismo, es decir, una sociedad universal y homogénea, de individuos iguales, sin especificidades culturales ni religiosas, donde cada cual atienda a su propio interés utilitario, apenas atemperado por vagas invocaciones a la solidaridad con cargo a los presupuestos de la protección oficial. En este proyecto cosmopolita han venido a coincidir tanto las derechas liberales como las izquierdas socialdemócratas. Pues bien, hoy ese sueño de la Cosmópolis moderna se está manifestando como una atroz pesadilla. No funciona ni siquiera en los Estados Unidos, viejo baluarte del melting-pot donde, supuestamente, todos caben. Y es que, sencillamente, no es posible gobernar a los hombres como si fueran átomos individuales, iguales en cualquier parte, intercambiables sobre cualquier suelo, modelados bajo un único patrón cultural. Cosmópolis no es viable. Las sociedades occidentales parecen pensar que su proclamado universalismo es realmente una propuesta de construcción social universal, apta para todos, con la que todos pueden –deben- alinearse. No es verdad: el universalismo, entendido como cosmopolitismo, es una creación específicamente occidental y moderna, sólo inteligible en nuestros parámetros de civilización. Y del mismo modo que no podemos sensatamente esperar que todo el mundo se organice, sin resistencias, a nuestra imagen y semejanza, así tampoco podemos esperar que todos los hombres que llegan a nuestras sociedades, vengan de donde vengan, se conviertan a nuestro sistema de civilización.

 

8. Europa necesita recobrar la conciencia de sí misma.

 

¿Y cuál es nuestro sistema de civilización? Esa es posiblemente la primera pregunta que deben responder unos europeos que, en general, parecen haber abandonado cualquier idea sobre el propio ser para abrazar un tipo de vida exclusivamente económica. Los debates en torno al proyecto de Constitución Europea fueron suficientemente elocuentes: aquel texto, tan prolijo en reglamentaciones, sin embargo obliteraba toda definición de Europa, de modo que lo mismo podía servir para la UE que para cualquier otro espacio del planeta. Y esa es la misma Europa que ahora pretende defenderse –por ejemplo, de una inmigración refractaria a la integración- sin saber ya qué es exactamente lo que quiere defender, salvo el mobiliario urbano. El principal problema que aqueja hoy a Europa no es económico, político o militar: es cultural. Mal podremos enarbolar principios, invocar la integridad de nuestras culturas y la cohesión de nuestras sociedades, si ignoramos quiénes somos, qué herencia traemos y por qué vivimos juntos; si limitamos todo nuestro horizonte a una frágil acumulación de bienestar. Europa necesita una decisión sobre sí misma que señale proyectos comunes, marque límites a su realidad física, geográfica –política-, y le permita reconocerse en su propia identidad. Eso afecta a Europa en su conjunto, a cada nación europea en particular y a todos los ciudadanos europeos en general. Cuando es el propio sistema de convivencia el que se pone en cuestión, es porque las verdaderas preguntas habitan en estratos aún más hondos. Las respuestas son ya urgentes.

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